viernes, 6 de enero de 2012



Apoyados, en un banco de madera, en su respaldo, el sentado, tu de pie. Abrazados con la cabeza perfectamente ajustada a su cuello, con la nariz detrás de su oreja oliendo la colonia, esa colonia que a ti te gusta tanto oler, que podría ser lo único que olieses todo el día, sucesivamente. Silencio, a lo lejos una música suave, tranquila y de esas que se te quedan grabadas en la cabeza. Os miráis, pero no habláis, no tenéis nada de lo que hablar y tampoco os apetece. Le tocas la cara, lunar por lunar, y haces el recorrido desde su barbilla hasta el pelo, tocándole la nariz, los ojos, la boca, los dientes, notando si hay granitos o solo es piel suave. El te mira no dice nada, no le importa que le toques la cara, que le mimes de esa forma, tal vez piense algo, pero eso tu no lo vas a saber. Le abrazas y os quedáis un rato, le notas el corazón y la respiración al lado de tu oreja, no es agitada, tranquila, disfrutando del momento. Y en ese momento piensas que nada sería mejor que lo que está pasando, se para el tiempo, tu tiempo. 

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